Tomar la calle

Me gusta cuando la gente toma la calle, cuando lo privado invade lo público.

Construyeron las nuevas facultades de la Complutense a imagen y semejanza de las británicas: situando la cafetería en cuarentena, los pasillos sin asientos donde tomarte ese café para llevar ni charlar con alguien cuando te fumas una clase. «La facultad está para venir a clase; la cafetería para comer, no invada el espacio» te increpa el edificio de un sólo uso. Recuerdo cuando estudiaba en la Autónoma lo mucho que me gustaba sentarme en las mesas que esperaban fuera de clase y comer ahí con mis amigos; o ver a la gente jugando a las cartas; o incluso el “black metal” que bebía cervezas desde las nueve de la mañana.

Ahora vivo en un barrio que sigue siendo un pueblo. Las viejas sacan sus sillas a la calle cuando hace calor en verano y se sientan en la acera a contemplar con disgusto cómo los estridentes bakalas hacen trompos con sus motos o los niños gritan a sus perros. A veces, otras viejas se sientan con ellas y esperan plácidamente a que sea la hora de irse a la cama. Los gitanos sacan sillas y mesas y se reúnen en el parque. Se oye cantar a alguien acompañado de una guitarra y lo hace tan bien que se me eriza el vello de la nuca. Me gusta cuando la vida sale de su escondite y toma la calle. Cuando los niños se bañan en las fuentes públicas semidesnudos y los padres se cobijan a la sombra de los árboles. Me gusta ver la ropa tendida en las terrazas: ¿qué hay más transgresor que las bragas color carne de tu abuela colgando del tendedero, a la vista de todos? Cuando los lindes entre el interior y el exterior se difuminan yo me siento en casa.

posted 1 year ago on September 5th, 2010 at 13:18 /
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