Solía pensar que no hay nada más íntimo y propio, nada que te defina más, que tus pensamientos y emociones.

Hoy pienso en cómo lo mejor es seguir siempre adelante a pesar de la Fortuna o el Genio. A veces siento cómo una fuerza llega desde fuera y me aplasta como un martillo contra el suelo hasta que no soy más grande que una chapa. Es una sensación horrible, que no sé de dónde viene y no puedo controlar. En ese momento, yo soy una impostora, un fraude, mediocre, mala persona y gilipollas. Pequeña como una chapa, estoy convencida de que los demás pensarán que soy una cretina, de que se darán cuenta de lo poco lista que soy, de que no valgo ni para traducir, ni para escribir, ni para opinar, ni para tener ideas, ni para ser una buena amiga, de que les mantuve engañados todo este tiempo. No puedo moverme o hablar sin que me duela.

Al final busco donde todos buscamos primero: en la familia. Algún trauma infantil por descubrir, un contagio de conducta como si se me hubieran pegados los hongos, una deficiencia mental, una tara emocional, una educación defectuosa… Pero ninguna de esas explicaciones me convence del todo porque no da cuenta de la arbitrareidad de esas emociones, el comportamiento caprichoso que muestran ante los mismos estímulos, la veleidad y la falta de patrones constantes. No explica la huella del martillo de algún dios errático que deja el golpe, ni el aire viciado de algún demonio que me intoxica. Como tampoco explicaría de dónde viene esa idea mágica que te desvela y por qué elige ese momento y no otro.

La única forma de tenerme a flote en ese maremoto es pensar que eso también pasará como pasa la inspiración por mucho que trates de atraparla. Que nuestros pensamientos y nuestras emociones, como creían los griegos, no son verdaderamente nuestros: que existe la posesión momentánea y fugaz. Así que camino contra la tormenta, atravesada por lanzas, con las piernas tirantes por el esfuerzo, como lo haría si la Fortuna me levantara ligera en el aire cuando la felicidad me embriaga. Por mucho que me traspase o me eleve, nada de eso es más mío que el viento o la lluvia: me mojan, me enfrían, me rozan, cambian el color de mis dedos o la posición del cabello, pero siempre vuelven a mojar a otros y a tocar a otros. Lo importante es siempre seguir andando.

posted 1 year ago on October 7th, 2010 at 16:05 /
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