Novios de patio

El cielo amenaza lluvia y tengo que ceñirme bien el abrigo para que el frío no me congele el jersey. Paso cerca de un colegio donde hay un montón de niños a los que no parece importarles ni la lluvia ni el frío ni que sus padres les estén esperando, ceñudos y estresados, con un cigarro en la mano y quejas en los labios. Dos niños se sacan la lengua, se cogen de la mano, se retan a ver quién gana una carrera. Él tiene el pelo despeinado, del color de las castañas, y la cara manchada de tinta, con una nariz tan ancha que parece de otra raza. Ella es un poco más grande que él, algo caballuna, con el pelo larguísimo recogido en una coleta que, cuando corre, se le mete siempre en la boca. Cuando terminan de correr alrededor de los padres, cada vez más malhumorados, se paran unos segundos para recuperar el aliento y sonríen. El niño se limpia la cara con la manga y, cuando creen que nadie les oye, le pregunta a la niña: ¿quieres ser mi novia de patio? Ella se encoge de hombros y le dice que sí. Los padres les gritan que hay que ir moviéndose y los niños se cogen de la mano de nuevo para salir corriendo. Él le grita ¿vamos a la cúpula verde? Ella se frena de pronto, como si la sola mención de aquel lugar pudiera convertirla en piedra, pero luego se encoge de hombros y le contesta con un tímido “vale”. Cogemos las bicis, se dicen, y vamos después de la merienda.

Mientras yo vuelvo a casa con la compra, dos novios de patio irán en bicicleta hasta la cúpula verde: el lugar que encapsula todo el misterio infantil. Se comerán la merienda a toda prisa, pero no conseguirán comerse los nervios. Irán pedaleando hasta algún edificio extraño, haciéndose los valientes y escondiendo el miedo, retándose para ver quién llega más lejos, quién dura más tiempo dentro y saldrán despavoridos en cuanto escuchen un ruido inesperado. En la cúpula verde saciarán su sed de misterio infantil y regresarán pedaleando de nuevo a toda prisa, riendo para exorcizar el miedo, sintiendo que aquel lugar a cinco minutos de casa es un reino exótico y lejano que nadie ha explorado nunca. Volverán a casa, mirarán por la ventana tratando de imaginar qué otros secretos esconde este mundo y luego se meterán a calentar sus sábanas frías. Al día siguiente esperarán con ansia que llegue la hora del recreo para darse la mano y planear otra escapada a la cúpula verde, porque a esa edad los enigmas nunca se agotan.

posted 1 year ago on November 18th, 2010 at 17:09 /
blog comments powered by Disqus
Comments